Nosotros Los Cancerberos
Mustango, Principal, San Cómputo — By reytuerto on Mayo 14, 2011 at 2:59 am
Luego de millares de años de evolución, donde el barro se mezcló con los rayos cósmicos y la naturaleza probó y probó con temperaturas diversas, por azar del destino, por casualidad, por albur del universo, se formó la primera cadena de moléculas de carbono dando así paso a la creación de organismo procariotas y eucariotas. Tras millones de años los virus y las bacterias comenzaron a pulular por las miasmas húmedas, los lodos tropicales sirvieron de sopa sustanciosa para que tras duros esfuerzos la vida se abriera paso a través a radiaciones peligrosas y una atmósfera voluble y tóxica.
A pesar de eso la vida triunfó, fue surgiendo en el agua, en las arenas, a través de tallos y corazas, con antenas y con lunares, con escamas y con hojas, de todos los colores y de todos los tamaños, preparando la llegada de la encarnación de la conciencia: El Hombre.
El Hombre el mamífero erguido y de mirada inteligente, la única criatura que piensa sobre sí mismo, único ser que es capaz de preguntarse sobre la razón de su existencia, nació libre, si su mente es llamada a ser superior es porque sus pensamientos, su voluntad, su albedrío nació soberano, si por alguna razón tuvo que inventarse reglas, normas y algunos procedimientos que limitaran su voluntad fue porque había que tener orden al momento de buscar copular. No se hubiera visto bien que 300 machos se pelearan por una sensual fémina a la vez o que una tribu de amazonas quisiera retozar al mismo tiempo con un bravo. Había que poner un método para concertar las necesidades de todos, de otro modo el mundo se hubiera convertido en un infierno.
Pero esto es justamente lo que sucedió.
Lejos de las justas razones y el más elemental sentido común, los hombres en vez de esperar hacer cola o buscar más allá un compañero con quien aparearse o retozar un rato, buscan menoscabar la libertad de los demás, no se dan cuenta de que el planeta entero se ha preparado para recibirlos por miles de millones de años a fin de que usen la Tierra como una gran pradera lleno de comida donde todos se dediquen a copular y copular los unos y los otros hasta que solo sus huesos queden erguidos.
No, la raza humana tiene una actitud tan cretina como la de las víctimas del síndrome de Estocolmo, y una de las pequeñas pruebas que puedo observar se da en mi oficina a diario, pequeño cubículo sin ventanas en el sótano de un edificio en el que día a día me encierro pensando en el momento de mi jubilación. Aquí en esta galera de concreto veo como nuestra conciencia superior es recortada, nos fronterizan día a día, por ejemplo asignándonos máquinas con acceso a internet pero a la vez bloqueándonos todas las páginas. ¿Cómo es que me pueden impedir ver información? ¿Cómo compraron las horas de mi vida? ¿Porqué es que deciden lo que puedo ver? Ellos me pagan por mi trabajo, no por alquilarles mi atención. Justificaciones técnicas al margen, que las habrá, nadie lo niega, a mí me sorprende de sobremanera lo que yo he denominado la “soberanía de la prohibición”, esto es convertirnos en herramientas activas de todas las interdicciones, limitaciones, restricciones y anulaciones del que somos víctimas. Cada uno de nosotros se queja de que la empresa tiene como único objetivo ganar dinero a toda costa sobre la base de que nosotros somos sus esclavos y si las buenas prácticas no lo impidieran no tendrían reparos en ponernos grilletes y marcarnos la frente con un código contable. Pero al mismo tiempo nosotros la ayudamos a convertir a nuestros compañeros en poco menos que galeotes. Aquí viven personas encargadas de ver si “nos vamos temprano”, si no faltamos nunca , si tardamos un poco más en comer, empleados que trabajan al lado tuyo y son tan miserables como tú pero prestos a hacerte recordar que el próximo lunes te tienes que quedar a trabajar horas extras, que se extrañen que estés tan alegre hablando de cualquier tema, molestos porque tú silbas mientras cargas una computadora, pertinaces investigadores de cualquier persona que tenga un poco más acceso a internet que ellos, ¿Por qué tu puedes entrar a Facebook? Preguntan con sorna, me dan ganas de responderles: ¿Y a ti que mierda te importa?, pero no tengo el dinero necesario para arriesgarme. No estoy hablando de los jefes cuya única función es eliminar tu libre pensamiento para convertirte en un máquina serial, estoy hablando de tus propios colegas, que lejos de convertir el trabajo en un vergel o confabular juntos la eliminación total de los mandos medios son en realidad esbirros de estos.
Ya lo dije y lo tengo claro, el hombre, su estructura corporal, su diseño, está hecho para vivir echados en el pasto esperando que las manzanas caigan del árbol y de rato en rato fornicar con la compañera o compañero que se encuentre al lado, lo más cercano que yo he visto es Woodstock. Pero algo muy malo debe pasarnos para vivir sentados aquí ocho horas diarias siendo vigilados como carceleros por nosotros mismos.


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